Don Rostropovich

El célebre músico ruso Mstislav Rostropovich, considerado como uno de los mejores violonchelistas del mundo, se distinguió, además de por su virtuosismo musical, por su lucha contra el comunismo, lo que le acarreó problemas con el régimen soviético.

A pesar de haber recibido los premios Stalin (1951 y 1953) y Lenin (1964) de la unión soviética, no vaciló en criticar al régimen comunista soviético y en defender siempre públicamente los derechos humanos. El ejemplo más conocido que ratifica lo dicho es la carta que escribió para el diario Pravda en 1970, en la que defendió de forma pública al que sería Premio Nóbel de Literatura ruso, Alexander Solzhenitsyn, escritor de novelas como Archipiélago Gulag (conocida obra en la que se denuncia la represión del estado estalinista).

“Todos los seres humanos deben tener el derecho
de pensar por sí mismos y expresar su opinión sin miedo”
(Mstislav Rostropóvich, carta al periódico ‘Pravda’, 1970)

“Lo mejor que he hecho en toda mi vida –afirma Rostropóvich- no ha sido la música sino aquella carta a ‘Pravda’. Desde entonces mi conciencia está limpia”.

Una de las anécdotas más deliciosas que se recuerdan para enfatizar la sorprendente faceta humana de Don Mstislav tuvo lugar en Inglaterra en la década de los años sesenta, mientras el músico realizaba una gira europea acompañando a su buen amigo, el compositor y pianista Benjamin Britten (Lowestoft, Suffolk, Inglaterra, 22/11/1913 – Aldeburg, Suffolk, id., 04/12/1976).

Ambos habían sido invitados en 1964 por la Casa Real británica para acudir a la residencia oficial veraniega de la Reina Isabel II. Rostropóvich y Britten aceptaron encantados la invitación de Su Alteza Real, y se dispusieron a preparar el viaje a la mayor brevedad posible.

Ya en camino hacia las inmediaciones de Londres, mientras ambos músicos conversaban en el automóvil, Rostropóvich confesó a Britten que había estado ensayando durante meses una coreografía espectacular para presentar sus respetos a la Reina. Según nuestro protagonista, se trataba de un saludo muy especial que se le había ocurrrido tras ver durante tantos años las coreografías en el Teatro ruso del Bolshoi. Britten, incrédulo, le preguntó a su amigo en qué consistía semejante salutación.

Don Mstislav le explicó que era algo relativamente sencillo: se trataba de un ejercicio quasi gimnástico consistente en un triple salto mortal hacia delante – tirabuzón incluido – con genuflexión final delante de la Reina. Britten, al escuchar el relato de su amigo, se escandalizó y le exhortó a que desistiera en hacer semejante saludo. Pero el violonchelista insistió durante el trayecto en que estaba firmemente decidido a realizar la egregia coreografía que con tanto esfuerzo había estado preparando.

Casi desesperado y horrorizado, Britten siguió insistiendo a Rostropóvich para que recapacitara sobre aquella delirante idea que tantos disgustos podía ocasionarles. Entre sus argumentos, el compositor británico esgrimió uno muy razonable: la Reina era una persona mayor que no estaba preparada para recibir semejantes sustos, por muy nobles que fueran las intenciones de Don Mstislav. Además, si Su Majestad sufriese un ataque al corazón tras el espectacular saludo de Rostropóvich: ¿Cómo se podría justificar semejante hecho por parte de un ciudadano de URSS en Inglaterra durante aquellos años de difíciles e intensas relaciones diplomáticas entre ambos países?

Cuando los dos músicos se detuvieron para comer en Lynn (Condado de Worcester), Britten le exigió a Rostropóvich que recapacitase seriamente. Don Mstislav, con cierto aire burlón, le contestó que retiraría formalmente el saludo alla rusa que tenía preparado para la Reina sólo si Britten se comprometía por escrito a redactar para él en un período de tres años – a partir de la fecha – un mínimo de dos suites para violonchelo.

Britten, sin demasiado entusiasmo, y preocupado por que su amigo cometiera una locura delante de Su Alteza Real la Reina Isabel II, aceptó el trato a regañadientes. En una servilleta del restaurante en el que comieron, Rostrópovich redactó un contrato improvisado – en alemán, idioma neutral para ambos -, en el que los “abajo firmantes” (Britten y él) se comprometían a cumplir las condiciones anteriormente descritas.

De esta manera tan peculiar – recurriendo al chantaje emocional -, Rostropóvich logró ‘arrancar’ – literalmente – a Britten dos suites para violonchelo solo. La primera de ellas fue terminada en aquel año de 1964, y el músico azerbaiyano veía cumplida la primera promesa contractual de su amigo compositor. La segunda de las suites le fue entregada a Rostropóvich en 1967. El propio Don Mstislav, dedicatario de sendas composiciones, se encargó de estrenarlas bajo la atenta supervisión del compositor británico. Aún recibiría otro regalo de su sufridor amigo en 1972, cuando éste le obsequió con su tercera suite para violonchelo.” (Pablo Ransanz).

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